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¿Qué
desafíos se le plantean al trabajo social
ante
los cambios en la región?
En
éste número la Revista presenta un mapa sumamente claro de la
realidad económica y social que presenta la región, su fuerte
endeudamiento externo, la precariedad de las políticas públicas
que no lograron dar respuestas a los grandes problemas de la población,
el carácter sectorial de las mismas cuyas acciones desarrolladas a
través de programas y proyectos son típicamente residuales y
fragmentarias. Esta direccionalidad de las políticas públicas
implementadas en la región han conducido fuertemente a la
fragmentación social aumentando la brecha entre los sectores ricos,
pocos en relación a la población mundial pero con mayor
concentración de riqueza, «los 84 individuos más ricos del mundo
poseen una riqueza que excede el PBI de China con sus 1.300 millones
de habitantes»; y los sectores pobres cuyos índices alcanza cifras
alarmantes.(Brecha 23/7/04)
Esta
creciente desigualdad social encuentra su razón de ser en los
postulados del sistema capitalista cuyo modo de producción se
alimenta de la desigualdad, retroalimentándola permanentemente
siendo uno de sus ejes estratégicos la fabricación de la
ignorancia.
Asistimos
hoy en el contexto de la región a un proceso de cambios que se
inician a partir de los nuevos gobiernos, en medio de un océano
complejo y adverso a una estrategia de desarrollo donde el centro
del debate está sin lugar a dudas en el tema de la distribución.
En el
marco de una transición política, económica y social se plantean
programas a corto plazo y con carácter de emergencia social, de
manera de implementar respuestas a los problemas prioritarios de la
población.
Planes que por su carácter y contenidos despiertan fuertes
expectativas en los distintos actores sociales, fundamentalmente en
los sectores más afectados por la implementación de este modelo y
generan algunas interrogantes en la acción del Trabajador Social.
El
Trabajador Social forma parte de este contexto, desde el cual lucha,
reflexiona, se interroga, analiza sus contradicciones y no escapa a
una ubicación profesional funcional al sistema, encontrándose
muchas veces con modelos de intervención que contribuyen al
fortalecimiento de una ciudadanía asistida y tutelada.
Y acá nos encontramos con un fuerte desafío; ¿cómo ubica
en el marco de una estrategia profesional de intervención junto a
los sujetos de la acción en sus diferentes formas de expresión, la
perspectiva de transformación?; donde no sólo está presente el
sujeto como protagonista de ese proceso de transformación, sino
también la cuestión del estado, de lo público y la superación de
fronteras territoriales y culturales.
La
superación del fatalismo impuesto por un pragmatismo instrumental
el cual se ha introducido en las prácticas sociales, donde aparecen
determinados énfasis como «el valor del éxito» (marco
valorativo), «el entrenamiento técnico», la comprensión de la
cuestión social desde lo concreto sin trascenderlo ubicándolo en
el marco de una totalidad y cuyo análisis se centre en sus múltiples
mediaciones; la construcción de una ética que sostenga una
intervención orientada a la creación de nuevas formas de
relacionamiento social, de nuevas subjetividades, de sujetos con
real participación en los programas sociales.
La
construcción de espacios que integren la diversidad de actores
sociales, políticos e institucionales, en un proceso que de cuenta de una gestión compartida de
gobierno, transitando un camino que conduzca a una nueva forma de
ejercer la democracia, resignificando su concepto y su práctica.
Sintetizando
estas reflexiones creemos pertinente citar un mensaje del destacado
pedagogo del siglo XX Paulo Freire:
«Los
semidiscursos de la llamada posmodernidad hablan de la muerte de las
ideologías, pero sucede que sólo hay una manera de matar la
ideología y es ideológicamente».
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