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Desigualdad, ciudadanía
y trabajo social es el tema central de este número de la revista;
tema que plantea el análisis de dos categorías complejas
en el actual contexto sociopolítico y ubica el trabajo social como
disciplina que debe construir desde sus marcos conceptuales y estrategias
metodológicas un particular abordaje de los actuales fenómenos
sociales en sus escenarios de intervención profesional.
Si bien la temática no es nueva como objeto de análisis
de diversas disciplinas, surgen algunas interrogantes que orientan reflexión
y debate en los espacios profesionales de trabajo social.
Qué significa ser ciudadano en el marco del actual modelo globalizador?¿Qué
relación establece con un concepto y práctica de democracia
y justicia social?
¿Es posible un proceso de construcción de ciudadanía
en un contexto de desigualdad y exclusión social?
Este proceso globalizador trasciende los aspectos económicos del
modelo y una de sus principales inserciones lo constituye el terreno ético-cultural,
en una conquista invasora de los espacios cotidianos de convivencia social
modificando valores, contribuyendo a la creación de modalidades
de relacionamiento social competitivas, debilitando valores democráticos
y el tejido social; en síntesis, en la construcción de nuevas
subjetividades.
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Desde otros espacios de socialización
se instituyen propuestas denominadas educativas a través de políticas
públicas de educación, generando fuertes desencuentros entre
prácticas culturales agudizando los procesos de exclusión
y estigmatización social.
La pobreza estructural y el creciente desempleo han determinado que un
amplio sector de la sociedad esté excluida de sus derechos básicos
que se inscriben en un concepto de ciudadanía, tales como el derecho
al trabajo, a la participación social, a una vivienda digna, a
una atención integral en salud, a la educación desde un
pleno reconocimiento y respeto ciudadano. Son derechos que trascienden
un concepto de ciudadanía local, nacional y se ubican en un concepto
de ciudadanía cosmopolita.
Esto no supone restarle valor e importancia a la construcción de
identidades culturales particulares, por el contrario, estas refuerzan
el sentido de pertenencia local exigiendo habilidad y compromiso para
participar en ella y mejorarla, en el marco del conocimiento e intercambio
de otras identidades. Proceso que fortalece un marco de cohesión
intercultural respetando los derechos de los diversos colectivos culturales.
¿Cuáles son entonces los desafíos que desde un abordaje
educativo se le presentan al trabajo social? ¿Qué estrategia
educativa es posible en este marco de desigualdades y hacia que ciudadanía
caminamos?
Es indudable que las respuestas a estas preguntas dependerán de
los mapas cognitivos que hemos construido y con los cuales interpretamos
la realidad social, como ubicamos lo “político”, lo
“público” en un proceso de construcción ciudadana;
que contenidos, valores, actitudes y derechos deben priorizarse en los
distintos escenarios educativos.
No es posible pensar en un concepto de ciudadanía sin inclusión
política, sin igualdad de acceso a oportunidades, sin igualdad
de distribución de las condiciones que permitan reducir significativamente
los niveles de pobreza y a que se habilite desde el Estado a procesos
de integración social con políticas públicas que
incluyan en forma articulada los aspectos económicos, sociales
y culturales.
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