EDITORIAL
El tema central seleccionado para este número aborda dos fenómenos sustanciales de la realidad social actual, la pobreza y el medio ambiente.
Nos podemos preguntar qué relación e incidencia puede existir entre ambos, cuáles son los factores que nos ayudan a explicar y comprender la multiplicidad de dimensiones que se desprenden de los mencionados fenómenos.
Una simple mirada a nuestros entornos no es suficiente, tampoco la rápida explicación intentando asociaciones unidereccionales o ubicando en categorías estáticas determinados hechos o situaciones sociales; categorías a las cuales no se les ha permitido recrearse a partir de prácticas sociales, contribuyendo esto a la construcción de estigmas pero con una «supuesta fundamentación teórica».
El entorno, el hábitat, constituye una dimensión central en el desarrollo humano; la relación que la persona establece con él mismo es un soporte estratégico en la conformación de valores, sentimientos, comunicación y en definitiva un determinado vínculo con la vida.
El querer o no querer, la pertenencia o no al entorno social más inmediato conforma conductas, actitudes y comportamientos culturales que inciden significativamente en el desarrollo personal y colectivo de los ciudadanos.
El desarraigo al entorno aumenta la conflictividad social y refuerza sentimientos de desvalorización en las capacidades humanas, aumentando los niveles de exclusión social.
Parecería que todo pasa por querer o no querer el entorno, ubicando el problema en una cuestión personal por lo que la responsabilidad queda centrada en lo individual minimizando de esta manera la complejidad del problema.
Mencionamos anteriormente que abordar ambos temas desde un nivel de análisis profundo demandaba considerar una multimplicidad de dimensiones. Deseamos destacar entonces, una que consideramos central en la cuestión y que en la actualidad es un ausente en el diseño de las políticas sociales: la planificación social del territorio.
Esto debería constituir una política estratégica de parte de los gobiernos cuya intencionalidad y direccionalidad esté basada en la construcción de ciudadanias, en valores democráticos, solidarios y de amor por la vida.
Es claro además que no podemos ubicar como única causa del deterioro ambiental a la pobreza, con la consiguiente culpabilización hacia los pobres, instalando y reforzando sentimientos negativos en la población, instituyendo una «cultura de la pobreza» cuyos alcances son la exclusión, la desvalorización de sectores sociales y el predominio de una «cultura del poder» y «superioridad social».
Son actores protagónicos en este camino de destrucción ambiental, el egoismo, el consumismo, los intereses económicos y la explotación despiadada de las empresas hacia las cuales se establece poco o ningún control por parte de los gobiernos.
Nuevos estilos de vida, nuevos escenarios de convivencia humana, de construcción de identidades culturales, son necesarios para reducir los consumos superfluos, recuperar y fortalecer valores que realmente conduzcan y sean el soporte de un desarrollo humano y social, producto de igualdades económicas, educativas y de participación ciudadana en el ejercicio de derechos y obligaciones.